El fantasma del Watergate se cierne sobre Trump

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Nueva York. Las acciones y declaraciones del presidente Donald Trump a fines de la semana siguen sacudiendo la cúpula política nacional; algunos republicanos han decidido distanciarse públicamente del mandatario, veteranos de la política acusan que está realizando un asalto contra las instituciones democráticas y otros ya insistiendo en que se tiene que iniciar un proceso de impeachment.

Esta noche, el nivel de alarma sobre el comportamiento del comandante en jefe se incrementó con la noticia de que Trump, aparentemente de manera espontánea para presumir, reveló inteligencia sumamente delicada sobre operaciones del Estado Islámico al canciller ruso Sergei Lavrov y el embajador del Kremlin en Washington Sergey Kislyak en la reunión que mantuvo con ellos en la Casa Blanca la semana pasada, reportó el Washington Post.

Funcionarios activos y retirados citados por el rotativo indicaron que la divulgación pone en jaque a una fuente de inteligencia clave sobre el Estado Islámico, que sólo fue identificado como un “socio” de Estados Unidos a través de un acuerdo tan secreto que sus detalles no han sido revelados ni a aliados o a partes del propio gobierno estadunidense. El gobierno estadunidense no tenía permiso para compartir la información con Rusia, y por lo tanto, esto podría poner en peligro la cooperación del “socio”, afirmaron. Con ello, el tema de las relaciones entre Trump y los rusos sólo se intensificó, junto con preocupaciones sobre sus capacidades como mandatario.

Después de que el presidente despidió al director del FBI James Comey la semana pasada, supuestamente con base a una recomendación del Departamento de Justicia y que su equipo descartó que haya sido por la investigación que realizaba sobre la posible colusión de la campaña electoral de Trump con el gobierno ruso, el propio mandatario reveló que lo quiera despedir de todas maneras, e indicó que el caso de Rusia sí era un factor.

Fue solo la segunda vez en la historia en que un presidente bajo investigación ordena el despido del oficial que lo estaba investigando -el primer caso fue Richard Nixon para frenar el escándalo de Watergate que lo llevó finalmente a la renuncia.

Todo esto ha desatado una tormenta en Washington sobre si fue un abuso de poder, si es parte de un esfuerzo para encubrir algo, y si puede ser una acto ilegal de obstrucción de justicia -o sea, todos los elementos de Watergate, incluyendo hasta la posibilidad de que el presidente haya grabado conversaciones privadas con Comey.

De inmediato hubo llamados de líderes demócratas y comentaristas por una investigación independiente de todo el asunto, que incluya la mano rusa. El ex jefe de inteligencia nacional James Clapper advirtió que “de muchas maneras, nuestras instituciones están bajo asalto, tanto desde el exterior”, en referencia a Rusia por su interferencia electoral, y “bajo asalto internamente”, refiriéndose directamente a Trump, comentó en CNN el domingo.

Por su parte, oficiales de la Casa Blanca insisten en que no había ningún problema, acusaron a los medios de fabricar especulaciones y subrayaron que el mandatario tiene el derecho de despedir a quien quiera. “El presidente es el ejecutivo en jefe del país. Puede despedir y contratar a quien desee. Ese es su derecho”, afirmó Nikki Haley, la embajadora de Trump ante la Organización de Naciones Unidas, en un noticiero el domingo. Pero como corrigieron varios comentaristas, el presidente no es el dueño del gobierno federal el cual no es una empresa. Trabaja bajo las reglas impuestas por una Constitución.

Varios bogados de prestigio nacional y algunos pocos políticos demócratas ya están elaborando propuestas para impulsar un proceso de impeachment. Uno de ellos, el distinguido profesor de leyes de Harvard, Laurence Tribe, escribió en un articulo en el Washington Post que “el momento ha llegado para que el Congreso inicie una investigación de impeachment contra el presidente Trump por obstrucción de justicia”. El país, agregó, enfrenta a un mandatario cuyo comportamiento “sugiere que representa un peligro para nuestro sistema de gobierno” a quien calificó como “un líder autoritario”.

Otro profesor de derecho en Harvard, Noah Feldman, comentó por tuit:“se se demuestra que Trump removió a Comey para evitar ser investigado, sí, es algo para llevar al impeachment: abuso de poder, corrupción, socavar el imperio de la ley”.

Pero como funciona este sistema, poco de esto es posible sin el liderazgo republicano (por su control de ambas cámaras del Congreso). El reconocido experto legal James Toobin afirma que el despido de Comey fue “un grave abuso de poder” del presidente. Escribiendo en The New Yorker, Toobin recuerda que en agosto de 1974, tres legisladores republicanos llegaron a la Casa Blanca para informarle a Nixon, su colega republicano, que el partido lo estaba abandonando porque el escándalo de Watergate ya era demasiado serio. El siguiente día, Nixon renunció. “la gran pregunta en política hoy es cuándo, o si, cualquier republicano realizará un viaje similar a la Casa Blanca de Donald Trump”.

Por el momento, el liderazgo republicano no muestra ningún indicio de que está cerca de hacer algo parecido. Sin embargo, cada vez más legisladores republicanos se han atrevido a expresar su preocupación sobre el manejo del poder por Trump, buscando distanciarse de él para proteger sus intereses políticos o hasta cuestionando abiertamente su despido de Comey.

Un par de senadores republicanos influyentes, Lindsey Graham y Mike Lee, han llamado a que el presidente entregue cualquier grabación que hizo con Comey, si es que existen. Otros dos -Jeff Flake y Dean Heller, ambos que enfrentan elecciones difíciles el año entrante-, han intensificado sus criticas al presidente, y otros como John McCain repetidamente han criticado políticas y pronunciamientos de Trump, al igual que varios representantes, que empiezan a percibir que la percepción de alguna alianza con Trump podrá ser negativa entre sus electores.

No ayuda a Trump entre sus propios colegas republicanos el que sigue registrando los niveles más bajos de aprobación de un nuevo presidente en décadas: la encuesta más reciente de NBC News/Wall Street Journal lo tiene en 39 por ciento, otros en sólo 35 por ciento. Más aún, la encuesta de NBC registró que sólo un 29 por ciento aprobó el despido de Comey, y peor, un 78 por ciento apoya la idea de una investigación independiente sobre las relaciones de la campaña de Trump con los rusos.

Aunque ahora se escuchan cotidianamente los ecos de Watergate, y esa mancha es difícil de borrar de la memoria política colectiva de este país, casi todos coinciden en que contemplar una destitución del presidente no es un asunto que se determine sólo por si violó u obstruyó la ley. “Esto permanece, creo, solo como un problema político. Lo que tumbará a Trump no será la Constitución, sino los sondeos de opinión pública y las urnas”, consideró el profesor de derecho John Blackman en entrevista con el Washington Post.

Mientras tanto, algunos medios reportaron que Trump estaba furioso por el manejo de sus declaraciones por su equipo, y se filtró que estaba contemplando otra sacudida más de la Casa Blanca que podría incluir el despido desde el vocero principal Sean Spicer, a su jefe de gabinete Reince Priebus y hasta su estratega político Steve Bannon, entre otros.

Mucho de esta inestabilidad de su gobierno tiene que ver con los constantes exabruptos del presidente -o lo que alguien dentro de la Casa Blanca calificó como “paranoia delirante”- detonados por cualquier acto que considera desleal y por el incesante cuestionamiento a la legitimidad de su elección -no sólo porque no ganó el voto popular, sino por las sospechas sobre la mano rusa para derrotar a Hillary Clinton.

John Oliver, el gran comediante político, dijo en su programa semanal Last Week Tonight el domingo que fue increíble ver a Trump declarar abiertamente que tenía en mente la investigación sobre Rusia cuando despidió a Comey, o sea, casi confesando que lo hizo para frenar la investigación de la posible complicidad entre su campaña y el Kremlin. “Eso no se debería de decir a voz alta. Es el tipo de respuesta que te hace preguntar tres cosas: 1) ¿De verdad puede ser tan estúpido?, 2) ¿De verdad piensa que nosotros, como país, somos tan estúpidos?, y 3) ¿Somos, como país, tan estúpidos? Es enteramente posible que la respuesta a las tres preguntas sea ‘sí’”.

La Jornada

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